El auge del skincare y el maquillaje en niñas pequeñas enciende las alarmas de los expertos, se transforma en una tendencia que desplaza el juego libre por la ansiedad del consumo y la validación externa.
En los últimos meses, los pasillos de las grandes tiendas de cosmética han comenzado a llenarse de clientas inusuales: niñas de entre 7 y 12 años que buscan con soltura sérums de ácido hialurónico, retinoles y bases de maquillaje de alta gama. El fenómeno, bautizado globalmente como «Sephora Kids», ha dejado de ser una simple anécdota de redes sociales para convertirse en un síntoma de una transformación estructural más profunda.
“No estamos ante un juego inocente de disfraces, sino ante la adopción temprana de conductas de rendimiento adulto que impactan directamente en el desarrollo integral de la infancia”, explica Andrea Mira, académica de la Escuela de Terapia Ocupacional de la Universidad Andrés Bello.
Del juguete al sérum
Históricamente, el juego ha sido la herramienta natural mediante la cual los niños procesan el mundo, desarrollan su creatividad y construyen su resiliencia emocional. Sin embargo, la sustitución del juego libre por rígidas rutinas estéticas está alterando este ecosistema producto de la moda y estereotipos.
“Cuando una niña pasa sus tardes frente al espejo aplicando diez pasos de una rutina coreana de cuidado facial, está sustituyendo un espacio de recreación espontánea y exploración libre por un ritual de autoexigencia. El juego permite el error, el desorden y la diversión sin un fin productivo; las rutinas de belleza, por el contrario, imponen una meta de perfección y mantenimiento corporal que mecaniza el tiempo libre y reduce el bienestar cognitivo y emocional propio de la edad”, explica la docente.
Algoritmos y RRSS
El motor principal de esta tendencia radica en la exposición excesiva a plataformas como TikTok, Instagram y YouTube. A través de un consumo pasivo pero constante de tutoriales y videos del estilo “Get Ready With Me” (Prepárate conmigo), el algoritmo normaliza el uso de productos extremadamente complejos en pieles que no los necesitan.
Esta exposición genera una necesidad imperiosa y casi ansiosa de comprar y coleccionar. El marketing digital, camuflado como contenido orgánico con empaques pastel y tipografías atractivas, activa el deseo de pertenencia. Para estas niñas, poseer el producto de moda ya no es una decisión cosmética, sino una moneda de cambio social para evitar la exclusión de sus círculos de pares.
“El peligro más silencioso de la adultización estética es la adopción de estándares de perfección física e hipersexualización sutil. A una edad en la que la identidad aún se está moldeando, las niñas comienzan a internalizar que su valor está directamente ligado a su apariencia”, indica Mira.
Puede existir un gran impacto en la autoestima en construcción y así lo explica la docente:
· Dependencia de la mirada externa: La autoevaluación pasa de ser interna (habilidades, gustos, afectos) a depender exclusivamente de la aprobación de los demás.
· Cuerpo como objeto de juicio: Se normaliza la idea de que el rostro infantil presenta imperfecciones que deben corregirse o prevenirse, lo que genera inseguridades crónicas.
· Validación digital: La autoestima se mide en likes o visualizaciones, lo que fragmenta los cimientos de una salud mental sólida.
La piel en riesgo: Presión social frente a la falta de guía médica
Más allá del costo emocional, existe un riesgo físico real. Muchos padres, desbordados por la presión social y la insistencia de sus hijas, ceden y adquieren estos productos sin consultar a especialistas médicos como dermatólogos o endocrinólogos.
La piel de una niña es significativamente más sensible que la de un adulto. El uso de ingredientes activos fuertes (como ácidos exfoliantes o retinoides) puede debilitar la barrera cutánea, provocar dermatitis de contacto, alergias severas e incluso alterar el equilibrio endocrino debido a los componentes químicos de ciertos cosméticos no formulados para la infancia.
El fenómeno de las «Sephora Kids» nos invita a reflexionar como sociedad. No se trata de prohibir el maquillaje como elemento lúdico, sino de trazar una línea clara entre el juego y la obligación estética.
Angie Gatica U.
Periodista
Universidad Andrés Bello
