El testimonio de un dirigente histórico que conecta memoria barrial, participación y vida comunitaria.
A sus 98 años, Edmundo del Carmen Gajardo Luarte sigue viviendo en su querido barrio El Santo, en Tomé. Pese al paso del tiempo, se mantiene activo y con una memoria intacta para volver a aquellos años en que, junto a un pequeño grupo de vecinos, comenzó a organizarse para dar forma a uno de los sectores más tradicionales de la ciudad.
Ad portas de cumplir un siglo, recuerda con nostalgia su vida en Tomé, a su familia, su trabajo y a tantas amigas y amigos que ya no están. Sin embargo, es al hablar del origen del barrio cuando su relato adquiere una fuerza especial. Con claridad y convicción, evoca las reuniones, tramitaciones y gestiones que permitieron a trabajadores de Bellavista y Oveja cumplir, con sacrificio y organización, el sueño de la casa propia.
“La idea principal era hacer departamentos, pero cuando se dieron cuenta de las dificultades que presentaba el terreno, esa idea se desestimó de inmediato”, comenta con voz firme, sentado en el pequeño comedor del quincho de su casa, el espacio donde hoy pasa gran parte del día.
Edmundo ingresó a trabajar a la fábrica el 2 de enero de 1946, tras estudiar en la Escuela de Artesanos. Recuerda con detalle los años de práctica en Telares Bellavista y en Oveja, y cómo la compra del terreno involucró a cerca de 1.200 trabajadores, cuyos aportes eran descontados directamente por planilla.
“Fuimos a la Corporación de la Vivienda en Santiago. Vinieron funcionarios a ver El Santo y dijeron que era muy complejo construir tantas viviendas. Ahí se nos vino todo abajo. Muchos dirigentes se aburrieron y dejaron todo botado”, relata.
Fue entonces cuando un grupo de dirigentes más jóvenes decidió asumir la continuidad del proceso, aun sin experiencia técnica ni administrativa. “No teníamos idea de planos ni de loteos; éramos obreros textiles, todos en las mismas condiciones”, recuerda Edmundo.
Aprendieron sobre la marcha y, tras una idea surgida en asamblea —“se nos alumbró la ampolleta”— optaron por repartir los terrenos, dando inicio al proceso de parcelación.
Las dificultades no terminaron ahí. La entrega de escrituras obligó al grupo a viajar a Concepción y realizar diversas gestiones para destrabar el proceso, hasta encontrar una vía legal que permitiera avanzar. “De los ocho que éramos en la directiva, solo quedo yo. Nunca le cobramos un peso a nadie; lo único que pedimos fue la posibilidad de elegir el sitio”, relata, mientras conserva con cuidado el libro de actas y el plano original del loteo.
Al referirse al presente del barrio El Santo, Edmundo identifica una dificultad que aún persiste: la complejidad de los accesos. “Acá lo único que faltaría es poner un funicular, porque la subida es demasiado brava”, señala, recordando que antiguas soluciones fueron descartadas por el riesgo que implicaban debido a la pendiente del terreno.
La complejidad de los accesos continúa siendo, a casi siete décadas del primer loteo, uno de los principales desafíos del sector. Aun así, Edmundo mantiene una mirada optimista sobre el presente y el futuro del barrio que ayudó a levantar.
“Hace muchos años que no subo al cerro. Por mi edad, ya no creo que lo vuelva a hacer. Pero sé que está muy bonito y espero que siga mejorando”, comenta con una voz más baja, casi imperceptible.
Sus palabras cierran un relato atravesado por la memoria, la organización y el trabajo colectivo. A sus 98 años, Edmundo permanece en la casa que construyó con sus propias manos, resguardando no solo su historia personal, sino también los sueños compartidos que dieron origen a un barrio completo. Una vida entera dedicada a construir comunidad, que hoy sigue habitando El Santo.
